«¿Qué me ha pasado? ¿Por qué estoy aquí? ¿Quién me ha traído?» Pensaba mientras observaba la habitación de hospital en la que estaba encerrada, era un cuarto blanco, todo lo que había aquí adentro era blanco, parecía que había perdido el color, la alegría...
Pasé la vista por la ventana, afuera estaba desierto, no había siquiera un perro, un vegetal, césped, nada... absolutamente nada viviente. Intenté levantarme de la cama, pero fue inútil, estaba repleta de cables y artefactos quirúrgicos por todo el cuerpo. Sentí que se abría la puerta y alguien entraba a la habitación en silencio, al verme despierta me dirigió una sonrisa cálida y amistosa. Era un hombre de altura mediana y tenía la mirada de un niño, tenía la barba ligeramente afeitada y su cabello canoso lucía desordenado, sus ojos café demostraban cansancio, tal vez no había dormido, tal vez se había pasado la noche en el hospital. Quería hablar, decirle algo pero no sabía qué, ¿Qué le podría decir a alguien que no conozco?
Lo noté nervioso, tampoco sabía que decirme.
—Podrías decir «Hola» —Sugerí.
—Hola, soy Javier, ¿Cómo te sientes? —Su voz era tan delicada, suave, transmitía sentimientos inexplicables.
—No... no lo sé, ¿qué hago aquí? —Pregunté.
—Estas aquí desde hace tres años, has estado hablando mientras delirabas.
—¿Y qué decía? —Pregunté curiosa.
—Decías mi nombre... y que me amabas —Sonrió, amaba esa sonrisa, me transmitía tranquilidad—. Yo te decía que te amaba más, y sonreías.
—Te amo, Javier.
—Te amo más. —Sonreímos mutuamente, mientras nos uníamos a través de nuestros labios...
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